Adicción al celular


Esta narración la escribí en el mes de enero de 2007 y la tecnología ha avanzado de manera considerable, pero la adicción continúa de una forma o de otra. La mayoría de las personas que usan (usamos) celulares u otro tipo de aparato,  tenemos como un tipo de grillete que nos atrapa cada segundo sin poderlo evitar.

“Les pido por favor que apaguen el celular”.  Dijo el sacerdote antes de iniciar la celebración eucarística. Noté que la mayoría de las personas hizo algún movimiento, yo no hice ninguno, estaba segura de haberlo puesto en la opción de vibrador. “Creo que un noventa por ciento de esta gente hace lo mismo” pensé. De pronto me di cuenta de que estoy atrapada en esa moda de la cual hacía mofa hace unos dos o tres años, cuando empezaron a tomar fuerza los mensajes escritos.

Recuerdo una escena de “convivencia” en un restaurante: cuatro mujeres  jóvenes, capuchinos espumosos, botanas en el centro de la mesa y contra toda lógica, ninguna de ellas se dirigía la palabra, ni siquiera se veían entre ellas, sus miradas estaban fijas en las pequeñas pantallas de sus teléfonos y sus manos ocupadas en enviar y recibir mensajes; hubo ocasiones en que interactuaban sólo para mostrarse con júbilo las respuestas. Sonreí con disimulo. Si esos mensajes eran de hombres, ¿qué estaban haciendo ellas solas en ese lugar?, ¿no era mejor citarse con ellos y hablar personalmente?

Escuché por la radio una nota donde aseguraban que si a una persona adicta al celular se le obliga a apagarlo por un lapso de noventa minutos, el resultado es una ansiedad extrema y, si lo olvida en casa, no disfrutará de las actividades que realice en ese tiempo. Hasta puede llegar a sentir que dejó una parte de su cuerpo. Al escuchar esa nota decidí experimentar conmigo misma y antes de proponérmelo, pude comprobarlo donde menos lo esperaba.

El domingo pasado asistí a misa con el móvil en la mente. A pesar de que sólo dura una hora, fui incapaz de apagar el celular por temor a que justo en ese lapso de tiempo llegara la llamada que había esperado todo el día, la inquietud e incertidumbre no me dejaron un solo instante y a la hora de la comunión, exactamente cinco minutos antes del final, oré con todas mis fuerzas y Dios me envió la respuesta al instante: empezó a vibrar mi teléfono. Al sentirlo me invadió un júbilo interior y aún más cuando vibró por segunda y tercera vez. Regresó la calma pero permaneció la duda unos minutos más, hasta que salí del templo y revisé las llamadas perdidas y los mensajes.

Todo salió como deseaba pero viví en carne propia esa “ansiedad”  que parece increíble sentir. Ojalá nadie me pregunte de qué trató el evangelio.

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