Tonterías


Dicen todos los días y por todos los medios que si amas algo, debes dejarlo ir.

También afirman que si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas. 

Todo el mundo sabe que los hombres son necios y acusan a la mujer sin razón.

Se asegura que la peor forma de extrañar a alguien es estar a su lado.

Te repiten que nunca dejes de sonreír, ni siquiera cuando estás triste, porque alguien se puede enamorar de tu sonrisa y que ninguna persona merece tus lágrimas, pues quien te ama no te hará llorar.

Palabras y frases que ni siquiera tocan un solo nervio a quien sufre de verdad.

Entonces, como ninguna de estas frases me sirve para estar mejor, haré algo productivo para mantener la mente ocupada. Formaré una sola frase, que al final de cuentas tampoco servirá de mucho.

Digamos pues:

“Si amas algo, déjalo ir, pues nunca te permitirá ver las estrellas con tantas lágrimas que te causa el extrañarle, aunque esté a tu lado. Despídelo con una sonrisa y mirando al sol, para que no se dé cuenta de tus lágrimas. Como los hombres son necios, te van a acusar de que eres culpable de tu propio llanto. No te preocupes, sigue sonriendo. Mientras tanto, alguien se va a fijar que siempre sonríes y se enamorará inmediatamente de ti, pero como es otro hombre necio, al rato te hará llorar de nuevo y la historia empieza otra vez.”

Bueno, eso no es una frase, sólo una sarta de tonterías.

 

Adicción al celular


Esta narración la escribí en el mes de enero de 2007 y la tecnología ha avanzado de manera considerable, pero la adicción continúa de una forma o de otra. La mayoría de las personas que usan (usamos) celulares u otro tipo de aparato,  tenemos como un tipo de grillete que nos atrapa cada segundo sin poderlo evitar.

“Les pido por favor que apaguen el celular”.  Dijo el sacerdote antes de iniciar la celebración eucarística. Noté que la mayoría de las personas hizo algún movimiento, yo no hice ninguno, estaba segura de haberlo puesto en la opción de vibrador. “Creo que un noventa por ciento de esta gente hace lo mismo” pensé. De pronto me di cuenta de que estoy atrapada en esa moda de la cual hacía mofa hace unos dos o tres años, cuando empezaron a tomar fuerza los mensajes escritos.

Recuerdo una escena de “convivencia” en un restaurante: cuatro mujeres  jóvenes, capuchinos espumosos, botanas en el centro de la mesa y contra toda lógica, ninguna de ellas se dirigía la palabra, ni siquiera se veían entre ellas, sus miradas estaban fijas en las pequeñas pantallas de sus teléfonos y sus manos ocupadas en enviar y recibir mensajes; hubo ocasiones en que interactuaban sólo para mostrarse con júbilo las respuestas. Sonreí con disimulo. Si esos mensajes eran de hombres, ¿qué estaban haciendo ellas solas en ese lugar?, ¿no era mejor citarse con ellos y hablar personalmente?

Escuché por la radio una nota donde aseguraban que si a una persona adicta al celular se le obliga a apagarlo por un lapso de noventa minutos, el resultado es una ansiedad extrema y, si lo olvida en casa, no disfrutará de las actividades que realice en ese tiempo. Hasta puede llegar a sentir que dejó una parte de su cuerpo. Al escuchar esa nota decidí experimentar conmigo misma y antes de proponérmelo, pude comprobarlo donde menos lo esperaba.

El domingo pasado asistí a misa con el móvil en la mente. A pesar de que sólo dura una hora, fui incapaz de apagar el celular por temor a que justo en ese lapso de tiempo llegara la llamada que había esperado todo el día, la inquietud e incertidumbre no me dejaron un solo instante y a la hora de la comunión, exactamente cinco minutos antes del final, oré con todas mis fuerzas y Dios me envió la respuesta al instante: empezó a vibrar mi teléfono. Al sentirlo me invadió un júbilo interior y aún más cuando vibró por segunda y tercera vez. Regresó la calma pero permaneció la duda unos minutos más, hasta que salí del templo y revisé las llamadas perdidas y los mensajes.

Todo salió como deseaba pero viví en carne propia esa “ansiedad”  que parece increíble sentir. Ojalá nadie me pregunte de qué trató el evangelio.

Jim Morrison, ¿el dios?


jimEl pasado 3 de julio se cumplieron 42 años de la muerte del  famoso cantante estadounidense Jim Morrison, vocalista del grupo  The Doors. No soy conocedora de este tipo de música, pero hace días tuve la oportunidad de ver una película biográfica del legendario rockero y la cinta me dejó asqueada, aunque también reflexiva y con interés de conocer más de su breve existencia. Conocía algunos datos de este personaje, mas nunca lo investigué a fondo.

Como ser humano, qué terrible fue su vida. Sumido en las drogas, alcohol y todo tipo de excesos, además de un gran vacío e indolencia. Quizás esos aspectos suenan como una constante en este género, sin embargo, cada individuo navega en su propia locura y la de Morrison sí que era extrema.

Tenía una pareja, pero tanto él como ella se involucraban con otras personas y Jim llegó al grado de querer quemarla viva en una de sus discusiones. Como siempre sucede en esas relaciones enfermizas, ella se ausentó por un tiempo y luego regresó a buscarlo.  Vivían drogados y amaban drogados. Tal vez en su sano juicio se hubieran aborrecido. Ella no era resignada y fiel, por supuesto que tenía sus aventuras; quizá, el hecho de andar con “el famoso” era el único motivo para continuar con él. En la película hacen alusión a un problema sexual que a nadie podría extrañarle, por el abuso de quién sabe cuántas sustancias, además del peyote, su droga preferida.

No quiero imaginarme el aroma de ese tal “dios”, con pantalones de cuero que no se quitaba en meses y camisas que primero se hacían girones, antes de cambiárselas.

Escuché un especial del grupo The Doors, y valoro su arte, me gustó el estilo,  yo me imaginaba que su música era muy pesada y no es así, ya que tiene cierta influencia de Elvis Presley.

Es posible escribir páginas enteras sobre él;  sin embargo, lo que más llama mi atención de este “ídolo”, es el afán por encontrar la muerte, tanto desprecio por la realidad. He leído algunos de sus poemas y opino que es más prosa que poesía, divagaciones sin aterrizar (sin afán de ofender a quien gusta de su estilo).

El éxito de Morrison fue muy breve, pues como era de suponerse, su desgastado cuerpo no pudo resistir más y  falleció a la edad de 27 años (empezó a los 21).

Antes de que yo misma empiece  a divagar, mejor termino este artículo y aterrizo diciendo: “No hagamos ídolos a quienes ni siquiera pueden quererse un poquito a sí mismos”

¿Que era muy guapo? Sí, no lo puedo negar.