Construir el nido


nido de amorAyer me platicó mi tía una preciosa historia:

 Afuera de su casa, un pajarito empezó a construir un nido para su pajarita. Traía materiales de diversos colores, como queriendo agradarle a la pareja. Llegaba la hembra a darle el visto bueno y al parecer no era de su total agrado.

 “Discutían” un rato, y el macho, sumiso, destruía el nido y empezaba de nuevo. Una y otra vez sucedió lo mismo.

 Me encantó la historia y le dije:

Ojalá que los hombres estuvieran dispuestos a hacer tanto por una mujer y no rendirse a la primera; pero al mismo tiempo, pensé: “Malcriada pajarita, ¿con qué se le podría dar gusto?”

Necesidad de escribir


conducirMuchas veces siento una enorme necesidad de escribir; sin embargo, no me atrae ningún tema, todo parece tan vano, tan redundante.  Parece que se ha dicho todo, que el mundo ya se hartó de lo mismo, pero quizá se deba a que yo soy la cansada.

Es preciso cambiar de hábitos y precisamente esos hábitos me lo impiden.

Hace unos días llevé mi automóvil al mecánico y, al verme manejar, me dijo que venía observando  desde tiempo atrás que manejo con los dos pies y mi carro es de  transmisión automática. Es verdad, contesté. No he podido deshacerme de esa costumbre desde hace… ¿cuántos años? Ya perdí la cuenta. El inicio de ese hábito, fue porque mi coche de aquella época se “mataba” en los semáforos y yo no quería soltar el acelerador para evitarlo. Desde entonces, sigo manejando con los dos pies, por ese temor antiguo que se instaló en mi mente.

Hace algunas semanas empecé a manejar de manera correcta y al principio se me dificultó bastante. El temor de no frenar a tiempo era latente. Poco a poco me adapto a la “nueva forma” de conducir y aunque de pronto meto las dos patas, lograrlo no es nada del otro mundo.

Todo esto me puso a pensar en los hábitos de la vida que no quiero cambiar y que son de verdad importantes. Parece difícil al principio, pero, una vez que se inicia, el cambio se da sin darnos apenas cuenta.

De repente dejamos de lado esas pegajosas costumbres que parecían imposibles de perder.