Sin salida


tristeza

Hay días en que todo me produce tristeza. Esos días son como un túnel sin salida o con una salida hacia la nada. Es cuando pierdo la esperanza en lo que otras veces me impulsa, cuando no le encuentro sentido al mundo ni a su proceder. Dicen que se le llama depresión, pero sé que hay algo más.

Quizás se deba al exceso de información, de expectativas o de pensamientos. En fin, los excesos siempre son malos. Creo que en ocasiones reflexiono demasiado y eso me afecta profundamente, aunque debería ser material para  escribir. Por desgracia, mi mente reflexiva se desconecta de las manos y éstas no pueden expresar todo lo que le atormenta.

De pronto es difícil encontrar gente buena, vivo con la sensación de que cualquiera tiene sus momentos de maldad, su lado asesino. En estos tiempos es tan fácil matar sin ningún remordimiento, desde los indefensos seres en el vientre materno hasta personas de edad avanzada. ¿Qué nos está pasando?

Hoy nos dicen que debemos hacer todo lo que deseamos, que la culpa no existe, que nos debemos comer el mundo. No hay límites, no hay religión, no hay Dios. “Todo fue invento de los abuelos para mantenernos controlados”.

Me preocupa el rumbo de la humanidad, me preocupa el futuro de mi pequeña hija. Los niños quieren ser adultos antes de cumplir diez años y si delinquen a los diecisiete, son menores de edad ante la ley, así sea el peor de los crímenes. Defendemos a los asesinos y condenamos a los inocentes.

Sigo creyendo en Dios, pero parece que el mundo entero pretende que Dios se olvide del mundo.

 

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2 comentarios en “Sin salida

  1. Me permito poner aquí esto que leí:

    ¿Por qué Dios permite el mal?

    “Señor, si llevaras un registro de nuestros pecados, ¿quién, oh Señor, podría sobrevivir?” Salmos 130:3

    Una de las preguntas más comunes con las que cada persona batalla en esta vida es esta: “Dios, si Tú eres amoroso, justo, y todopoderoso, ¿por qué permites que la gente buena sufra?” Muchos eligen no creer en Dios porque no pueden responder adecuadamente a esta pregunta. El evangelista Billy Graham aborda esta cuestión en su libro Answers to Life’s Problems (Respuestas para las Preguntas de la Vida):

    No sabemos todas las razones por las que Dios permite el mal. Necesitamos recordar, sin embargo, que Él no es la causa del mal en el mundo y que por lo tanto, no deberíamos culparlo por ello. Recordemos que Dios no creó el mal, como algunos lo creen. Dios creó el mundo perfecto. El hombre decidió desafiar a Dios e ir por su propio camino, y es la culpa del hombre que el mal entrara en el mundo. Aun así, Dios ha proveído el máximo triunfo del bien sobre el mal en Cristo Jesús, quien en la cruz, venció a Satanás y a aquellos que le siguen. Cristo volverá y cuando lo haga, todo el mal se terminará para siempre y la rectitud y justicia prevalecerán.

    ¿Has pensado alguna vez sobre qué pasaría si Dios de pronto eliminara todo el mal en este mundo? Ni una sola persona quedaría, porque todos somos culpables de pecado.

    Cada vez que sufrimos, debemos recordar que el Hijo de Dios fue antes que nosotros, bebiendo la copa de sufrimiento y muerte hasta vaciarla. Porque Cristo es totalmente hombre y completamente Dios, sabemos que Dios comprende nuestros temores, penas y sufrimientos. Se identifica con nosotros. Lo más importante de todo, el Padre nos ha dado el regalo de Su Hijo para que no tuviéramos que morir y sufrir para siempre en la eternidad.

    Como Jesús sufrió y murió por nosotros, nuestro sufrimiento puede ser como el de Él – con propósito y significativo. El mal, sufrimiento y muerte vinieron al mundo cuando el primer hombre y la primer mujer escucharon a Satanás y cometieron el primer pecado. El mal nunca fue parte del Jardín del Edén. El momento en el que Adán y Eva cruzaron los límites del mandato de Dios, el mal se volvió la terrible realidad de este mundo.

    Hay algunas preguntas que permanecerán sin resolver mientras podamos encontrarnos cara a cara con nuestro Creador en el Cielo.

    *Billy Graham, Answers to Life’s Problems (Nashville, TN: Word Publishing, 1988), pp. 251-252.

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