La educación y el celular


celularVarias veces me ha pasado que en plena plática con una persona, ya sea un amigo, pariente o compañero de trabajo, de pronto suena el celular de éste y se pone a hablar un largo tiempo enfrente de mí. Qué cosa  más incómoda.

Con el aparato al oído, sonríe y me mira como si yo estuviera al tanto de su charla.

¿Y qué debo hacer? ¿Correspondo con una sonrisa idiota?

Hay lugares de los que es posible retirarse, pero también hay otros donde no lo es.

 

Les comparto una anécdota:

Tenía meses sin ver a una amiga y cuando volvimos a comunicarnos me invitó a comer a su casa. El traslado hasta su domicilio es de aproximadamente media hora en automóvil.

Me recibió con entusiasmo y parecía que la tarde iba a transcurrir entre una agradable charla. Justo cuando empezamos a tocar un tema importante, sonó el celular de ella.

Yo seguí comiendo semillas de girasol y oía  sin querer escuchar. Pasaron cinco eternos minutos y ella dijo: “Bah, se le cortó”. Transcurrieron unos segundos y el endemoniado aparato volvió a repicar. De nuevo los cinco minutos y  su respectivo corte.

La  historia se repitió un sinnúmero de veces  y ya me sentía desesperada, harta de las semillas y también harta de oír conversaciones que no me conciernen.

En todo ese tiempo que pudo ser más de una hora (sin exagerar), pensaba en lo inútil que había sido trasladarme hasta ese lejano lugar, sólo para estar ahí sentada como tonta.

Es hora de elaborar nuevas reglas de educación, que incluyan los avances de la tecnología.

Fastidio


No me dejas en paz ni un segundo, la molestia de tenerte encima es intolerable. Me veo obligada a estar todo el día en casa, cuando quisiera andar en la calle, ir al cine, pasear con los amigos. Apenas puedo salir de la cama, no me dejas respirar, me siento morir. He intentado todo por deshacerme de tus influencias y el efecto es contrario.

Cada vez te quedas más tiempo, produces un gran desorden, actúo de manera idiota en asuntos delicados. Te anidas en mi pecho con violencia, sacarte de ahí es un reto difícil. Suplico, lloro, exijo que te vayas. Nada. Al parecer te sientes a gusto en este cuerpo.

Te empiezas a alejar lentamente, sin darme cuenta. Ya no estás conmigo y no te extraño para nada. O tal vez sí. En ocasiones me acostumbro a lo malo.

No me preocupo, te veré dentro de unos cuantos meses. Eres tan predecible, tan común…

¡Maldito resfriado!