Los deberes de Justina


 

Otra laboriosa jornada empieza para Justina. Dejó la cama antes del amanecer como es su costumbre y salió desde temprano a buscar el alimento de la numerosa familia.

Se aleja del hormiguero preocupada por el peligro que corren su madre enferma y sus pequeños hermanos.

En el camino se encuentra con Galanicio. No puede ocultar la emoción al verlo, aunque trata de no perder el tiempo y con amabilidad se despide. Nadie, ni siquiera él, conoce nada sobre su vida.

Galanicio continúa su camino pensando en Justina. Luce más bella esa mañana, lástima que nunca se detiene un momento para conversar. El rostro se le ilumina al toparse  con Lujuriana, la chica más fascinante de los alrededores, quien, coqueta,  le sugiere dar un paseo. Él acepta entusiasmado y la imagen de Justina se evapora.

Pasan los días, la vida continúa como siempre, pero los encuentros entre Justina y Galanicio disminuyen; es raro que coincidan, al parecer él ha modificado su recorrido habitual. Ella se pregunta si habrá conocido a alguien, si la está tratando de evitar o sólo es cosa del destino que tiene otros planes. Lo extraña terriblemente y  el sentimiento pesa demasiado en su frágil cuerpo. Adelgaza hasta casi desaparecer, sin embargo cumple a cabalidad sus tareas. El hogar depende de ella, ¿quién más lo haría?

 Una tarde calurosa, Justina llegó extenuada a su casa. Tenía el propósito de reposar hasta la hora de la cena, el cansancio era extremo. No fue posible. Aquel día dejó de existir su madre. Ella se hizo cargo de todo. Los hermanos, que ya no eran tan pequeños, ni siquiera asistieron al funeral. ¿Qué falta había cometido su madre para que la expulsaran del hormiguero familiar? Nunca lo supo.

Crecieron sus hermanos, Justina tuvo la ilusión de recibir ayuda con los deberes, pero ellos siempre se las arreglaban para librarse de responsabilidades. Uno a uno fue abandonando el nido hasta que, Justina, ya sin fuerzas para conseguir alimento, se vio sola.

Una mañana en la que ya no pudo levantarse, llamaron a su puerta. Pidió que entrara quien fuera. Su sorpresa no tuvo límites al reconocer a la encorvada figura. Era Galanicio.

 Al fin te encuentro, dijo él. ¡Te he buscado toda mi vida!

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