La carga del amor


Hace unos meses, tuve una plática con un señor de avanzada edad,  a quien aprecio mucho y siempre he considerado una persona honesta y de buenos valores, pero su historia me decepcionó bastante. Aunque lo sigo respetando, no dejo de pensar en ello. Su nombre real no lo diré. Le llamaremos Pablo.

Caí en la cuenta de que es un hombre capaz de usar a la mujer que lo adora y luego abandonarla sin previo aviso. “Era muy joven”, fue su excusa. No lo justifiqué.

Me contó que en aquellos años vivía en la ciudad de México y conoció a una bella chica a la que llamaremos “Sonia”, con la cual tuvo una relación. El muchacho de aquel entonces, musculoso y atractivo, trabajaba en un hotel como “milusos”. La hija del dueño era precisamente ella.

Los privilegios no tardaron en llegar. Lo ascendieron muy pronto, compartía una habitación con esa mujer hermosísima y la pasión era de ensueño. Sólo había un problema: Sonia se estaba enamorando y Pablo no.

Ella hacía todo lo posible por darle felicidad en todos los aspectos, hasta intercedió con su padre para que le otorgaran el puesto de gerente. Pablo no quiso. Ya tenía otros planes y deseaba tomar un rumbo distinto. Se regresó a Chihuahua sin avisarle siquiera.

Días después, Sonia viajó y le rogaba que se fuera con ella. Le prometió mil cosas, le propuso matrimonio, lloró hasta el cansancio. Pablo no cambiaría de opinión. “No te quiero”, le dijo simplemente. “Yo creí que sí me querías. Te di todo y nunca te pedí nada” le contestó Sonia.

“Por eso nunca te di nada, porque nunca lo pediste” dijo tajante Pablo.

“Todavía me duele su llanto”, dice el viejo Pablo. “Pero no la quería y así me ofreciera el cielo, no me iba a ir”. Yo no dije nada. Pensé mucho en esas palabras tan duras. Me puse en los zapatos de Sonia y sentí su dolor. Quizá yo no podría soportar un desaire de esa magnitud.

Esa historia me ronda por la mente cada vez que estoy dispuesta a hacer sacrificios por alguien que nunca me ha demostrado ni un poco de amor. Hombres y mujeres caemos en ese tipo de situaciones, nos enamoramos de personas distantes y vivimos cada día esperando una pequeña señal de que existimos en sus vidas. El desgaste es terrible, sin embargo nos duele dejar esa diminuta esperanza. Es como aferrarse a un madero en pleno mar abierto y despreciar la ayuda de los barcos que pasan. Por una extraña razón, confiamos en que ese madero débil puede salvarnos de morir. Así es ese tipo de enamoramiento.

De pronto esa persona se va sin despedirse y no siente la obligación de avisarte. Ni una despedida te mereces, aunque tú creas que hiciste todo para que te amara.

Creo que todo tiene su límite y debemos retirarnos a tiempo, aunque nos esperen unos días, meses o años de oscuridad.

El amor no debe agotarnos y nunca debe ser una carga en nuestra existencia.

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2 comentarios en “La carga del amor

  1. Hay muchas historias como esta, lamentablemente la mujer y tambien hombres han vivido el abuso por amor,de quien no les ama.
    Es muy doloroso darse cuenta y no saber como desprenderte de esa persona que pisotea tu dignidad. Se nesecita mucha fuerza de voluntad y pedir ayuda inmediatamente a la persona que no te va a jusgar. Gracias Veligallegos…

    • Así es, Alma. Es una historia demasiado común y no por eso deja de ser tremendamente dolorosa. El apego es como una droga, pues aunque sientas que te estás dañando si continúas con esa relación, hay algo muy fuerte que te impide terminarla. El miedo a la soledad puede ser la explicación. ¡Buen día, Alma!

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