Las apariencias del Facebook


Hoy que usamos a diario las redes sociales, que se ha vuelto un modo de vida para tanta gente, conocemos varias historias que nunca hubiéramos imaginado. Hay personas que informan tanto al mundo, que, cuando platica personalmente, ya no puede decir nada nuevo para quienes leen sus publicaciones.

El Facebook ha ocasionado rupturas, malentendidos, peleas y hasta asesinatos. A la mayoría de los usuarios nos gusta dar la mejor imagen ante los demás, aunque muchas veces esa imagen sea tipo “photoshop”: demasiado maquillada.

Hay quien desea demostrar que es la persona más feliz del mundo y también quien desea demostrar lo contrario. A veces inventamos o copiamos frases con “indirectas” hacia alguien en especial, con la intención de hacerle daño o que reflexione. Existen sentimientos que sólo por ese medio nos atrevemos a expresar y sentimientos que nunca nos atreveríamos a publicar.

Creo que las redes sociales bien usadas son excelentes herramientas para comunicarnos, para expresar eso que se nos atora en la garganta y debe salir antes de que nos dañe. Todo debe ser con prudencia, por supuesto.

Tener doble o triple vida puede descubrirse fácilmente a través de este medio. Cualquier comentario imprudente es capaz de desenmascarnos.

Les dejo un cuento que es el pan diario en ese ambiente.

 

De amor, apariencias y otra inquietudes

Casualmente  vio en la red social un contacto conocido y temerosa presionó el incierto “click”. Su biografía se mostraba sin ninguna a restricción a extraños. En la imagen del muro sonreía alegremente acompañado de su esposa. Con un nudo en el estómago, recorrió los álbumes de celebración, vacaciones y fiestas familiares. ¿Por qué esa rara sensación parecida a los celos, si él no era nadie en su vida?

Un comentario en especial le llamó la atención. El hombre frío y sin sentimientos que ella conocía, se expresaba con una infinita dulzura al dirigirse a su mujer, rematando con un “te amo”. La molestia en su vientre le subió hasta el pecho sin poder evitarlo.

Ella misma reprueba su malestar. Tampoco él significa nada, pueden pasar años sin verlo y ni siquiera se cruza en su pensamiento, pero hace unos días se reencontraron y hasta le propuso tener un hijo. Pasó por su mente que tal vez su matrimonio iba mal, sin embargo no se atrevió a preguntarle. Desde hace tiempo no hace cuestiones que parecen inútiles.

Nunca se le había ocurrido espiar en su perfil, la verdad es que no le interesaba. Hoy la maldita curiosidad hizo lo suyo sólo para incomodarla y darse cuenta de la hipocresía que impera en esas parejas “estables”.

Ante la gente son una familia feliz, en la intimidad es otra historia que nada más ellos conocen.

Velia Gallegos.

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Todos los absurdos conducen a Roma


Mi nena está creciendo y ya no es tan fácil llevarla al cine, pero aun así tuve la oportunidad de ver la película “A Roma con amor”, dirigida por Woody Allen. Confieso que no había visto películas de este director, al menos no conscientemente. He escuchado comentarios de que sus películas son de un extraño humor, incluso algunos críticos especifican: “si te gusta el humor de Woody Allen…”

Yo no sabía ni de qué trataba el filme y de reojo vi en el cartel de publicidad algunos nombres conocidos como: Penélope Cruz, Alec Baldwin, Roberto Benigni, entre otros. Esperé que algo bueno surgiera entre todos esos actores y el resultado me agradó bastante.

Sí, es una película rara, que al parecer no tiene pies ni cabeza, sin embargo, analizando a cada personaje, sacas conclusiones de gran interés.

Roberto Benigni es un ciudadano común que de la noche a la mañabna, sin saber el motivo, se hace inmensamente famoso. No puede andar en la calle sin que lo acosen los reporteros y le hagan preguntas estúpidas como: ¿Qué desayunó esta mañana?

Así sucede en la vida real, en cualquier país. De pronto alguien es famoso sin saber por qué (a veces ni ellos mismos lo saben) y lo peor es que aparece en todos los medios, a todas horas. Si esa persona no es de tu agrado, te fastidia a un grado extremo. Como se dice popularmente: “Lo ves hasta en la sopa”

 

Eso pasa con cantantes que ni siquiera poseen buena voz, actores que no se les puede considerar actores, personas que publican un libro sensacionalista y ni siquiera saben escribir. Pero hay algo peor: gente que ha salido en Reality Shows, que no tienen ningún talento en especial y sin embargo pueden ser los más famosos del país.

Hay otros personajes también con situaciones absurdas y a la vez reales.  La actriz “sexy” e irresistible, más flaca que un palo, pero capaz de enloquecer al novio de su mejor amiga.  El actor considerado “símbolo sexual”, con un físico nada agraciado; la chica inocente, de buena familia y recién casada, que se ve tentada a tener una aventura con dicho actor, porque es un privilegio que se fije en ella, habiendo tantas mujeres que desearían estar en su lugar.

El mejor personaje, para mí, fue el de un tipo que tiene una voz espectacular, pero sólo canta bien bajo la regadera. El hecho de que se presente a una audición bajo la ducha, provoca varias carcajadas.

“Todos cantamos bien bajo la ducha” dice uno de los actores (no recuerdo quién).

Las situaciones absurdas siguen y siguen. Quizá el papel de Penélope Cruz es el más congruente dentro de la cinta, pues luce de verdad como una prostituta. Lo absurdo es que los papás del muchacho con quien se relaciona en circunstancias extrañas, hasta el grado de que llega a convivir con su familia conservadora, haciéndose pasar por su mujer, no se den cuenta de su profesión.

Me perdí el final porque tuve que salir de la sala, pues mi inquieta hijita de 17 meses empezó a molestar a la “amable” señora de enseguida porque le tocó la pierna un par de veces.

Es lo que puedo decir de esta película. Los que tengan la ocasión de verla, sacarán sus propias conclusiones.

“A Roma con amor”. Me encantó el título.

Las medallas de la vida


Terminaron los Juegos Olímpicos Londres 2012 y, después de tan importantes eventos, siempre queda algo de nostalgia, aunque también se prestan a grandes reflexiones.

Bastantes sacrificios pasan los atletas para lograr una sola medalla. Cuatro años de preparación  y sólo unos minutos de competencia. Presiones terribles a cambio de unos momentos de gloria, siempre y cuando alcancen los tres primeros lugares.

Si comparamos este acontecimiento con la vida diaria, se puede concluir que cualquier meta implica sufrir privaciones, renuncias, empeño. Confieso que los primeros días de los JO no me llamaba la atención ver las competencias y menos cuando México era participante. Una sensación derrotista recorría mi espíritu y cualquier fracaso de mi país lo consideraba como propio.

“Tanto estrés, tanto esfuerzo… y todo para nada”

La misma historia de siempre:

  • El “ya merito”
  • El “honroso” cuarto lugar.
  • La “destacada” participación.
  • Los errores de los jueces.
  • La falta de apoyo del comité.
  • Y los famosos etcéteras.

Cuando México obtuvo su primera medalla, mi fatalismo continuó. La prueba de clavados me produce ansiedad, pues una sola ronda puede echar por tierra tres rondas bien ejecutadas. No vi esa competencia, también me perdí muchas otras, con esa apatía que no me dejaba disfrutar ese tipo de emociones.

Me interesé en el partido de futbol México-Japón y fui siguiendo los detalles por internet. La victoria me entusiasmó, pues ya ‘teníamos’ una medalla asegurada y era posible obtener la de oro. Brasil fue el rival y de nuevo esa sensación de que va a ocurrir “la misma historia de siempre”. No fue así. ¡México pudo lograrlo!

Casi toda la gente sonreía, las noticias de violencia no sobresalieron y en primera plana apareció el equipo mexicano con sus medallas de oro,  muy orgullosos.

Alegría en el país, al menos por unas horas.

Lo podemos considerar un milagro, aunque se trate de un partido de futbol. Hay opiniones encontradas, como en todo:

  • “Nos lavan el cerebro con un partido”
  • “De seguro fue arreglado”
  • “País mediocre que se alegra con un simple partido de futbol”
  • “Los problemas no se arreglan con una medalla de oro”
  • Y continúan los etcéteras.

En conclusión, a mí en lo personal me ha levantado el ánimo ese “simple partido”, pues se rompió una maldición creada por nosotros mismos, ésa que nos decía hasta el último segundo de juego: “Vamos a perder, vamos a aflojar, Brasil va a derrotarnos como siempre”

Se hizo historia, se rompieron esquemas y la mentalidad del mexicano está cambiando.

Nos falta demasiado, no sólo en el deporte, en diversos ámbitos, pero sé que hay cosas que creímos imposibles y son posibles de alcanzar.

En lo personal pasa lo mismo. A veces me doy por vencida antes de tiempo.

 

 

 

El paso más difícil


Perdonar es difícil. Perdonarse a sí mismo es aún más difícil.

Después de aceptar que “la hemos regado”, el siguiente paso es como si  se aprendiera a caminar de nuevo. El temor a las caídas es fuerte y siendo adultos es aún más grande que cuando fuimos bebés.

Cuesta aceptar los errores, el llanto puede fluir por semanas enteras y parece que nunca cesará.

Algunas situaciones no tienen arreglo, otras sí. Precisamente por las que sí lo tienen, debemos seguir adelante.

Las palabras hieren más que un latigazo y hoy, que he recibido cientos de ellos, me pongo en el lugar de esas personas que herí con mis propias palabras, con mi indiferencia, con mis rencores.

Agradezco a Dios por esos golpes necesarios para crecer y salir de esos agujeros profundos en donde me fui metiendo sin darme cuenta; esos  túneles oscuros en donde me interné yo misma y luego me quejé de la soledad.

Aunque suene trillado, cualquier día es bueno para empezar y ese día puede ser hoy.

 

A perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen mucho

Jacinto Benavente

 

La carga del amor


Hace unos meses, tuve una plática con un señor de avanzada edad,  a quien aprecio mucho y siempre he considerado una persona honesta y de buenos valores, pero su historia me decepcionó bastante. Aunque lo sigo respetando, no dejo de pensar en ello. Su nombre real no lo diré. Le llamaremos Pablo.

Caí en la cuenta de que es un hombre capaz de usar a la mujer que lo adora y luego abandonarla sin previo aviso. “Era muy joven”, fue su excusa. No lo justifiqué.

Me contó que en aquellos años vivía en la ciudad de México y conoció a una bella chica a la que llamaremos “Sonia”, con la cual tuvo una relación. El muchacho de aquel entonces, musculoso y atractivo, trabajaba en un hotel como “milusos”. La hija del dueño era precisamente ella.

Los privilegios no tardaron en llegar. Lo ascendieron muy pronto, compartía una habitación con esa mujer hermosísima y la pasión era de ensueño. Sólo había un problema: Sonia se estaba enamorando y Pablo no.

Ella hacía todo lo posible por darle felicidad en todos los aspectos, hasta intercedió con su padre para que le otorgaran el puesto de gerente. Pablo no quiso. Ya tenía otros planes y deseaba tomar un rumbo distinto. Se regresó a Chihuahua sin avisarle siquiera.

Días después, Sonia viajó y le rogaba que se fuera con ella. Le prometió mil cosas, le propuso matrimonio, lloró hasta el cansancio. Pablo no cambiaría de opinión. “No te quiero”, le dijo simplemente. “Yo creí que sí me querías. Te di todo y nunca te pedí nada” le contestó Sonia.

“Por eso nunca te di nada, porque nunca lo pediste” dijo tajante Pablo.

“Todavía me duele su llanto”, dice el viejo Pablo. “Pero no la quería y así me ofreciera el cielo, no me iba a ir”. Yo no dije nada. Pensé mucho en esas palabras tan duras. Me puse en los zapatos de Sonia y sentí su dolor. Quizá yo no podría soportar un desaire de esa magnitud.

Esa historia me ronda por la mente cada vez que estoy dispuesta a hacer sacrificios por alguien que nunca me ha demostrado ni un poco de amor. Hombres y mujeres caemos en ese tipo de situaciones, nos enamoramos de personas distantes y vivimos cada día esperando una pequeña señal de que existimos en sus vidas. El desgaste es terrible, sin embargo nos duele dejar esa diminuta esperanza. Es como aferrarse a un madero en pleno mar abierto y despreciar la ayuda de los barcos que pasan. Por una extraña razón, confiamos en que ese madero débil puede salvarnos de morir. Así es ese tipo de enamoramiento.

De pronto esa persona se va sin despedirse y no siente la obligación de avisarte. Ni una despedida te mereces, aunque tú creas que hiciste todo para que te amara.

Creo que todo tiene su límite y debemos retirarnos a tiempo, aunque nos esperen unos días, meses o años de oscuridad.

El amor no debe agotarnos y nunca debe ser una carga en nuestra existencia.