Un amor de película


Si les voy a contar, pues les cuento. Les cuento cómo las películas norteamericanas me destrozaron la vida.

 ¿Recuerdan cómo en Angustia de un querer, después de que el corresponsal de guerra ha muerto en la contienda, ella, al recibir la noticia, sube por la colina, hasta la cima donde siempre se encontraban, y cree verlo venir, transparente él, hacia sus manos?

¿Recuerdan cómo en Mañana lloraré los dos exalcohólicos se enamoran y a ella no le importa el defecto físico visible en él cuando camina?

¿Recuerdan cómo en Algo para recordar él la reencuentra inválida, porque un tiempo atrás, cuando habían acordado reunirse, ella en su apresuramiento por hallarlo fue atropellada?

¿Y recuerdan que a él no lo frena la invalidez de ella, y le ama, tanto o más que antes, y se queda a su lado?

 ¿Recuerdan cómo en Y ahora brilla el sol después de huir uno del otro, ella y él se citan para proseguir un mismo camino, y a ella ya ni siquiera la detiene que él, por las heridas de la guerra, esté impotente?

 Pero no vayamos tan lejos en el tiempo. ¿Recuerdan, hace no tanto, cómo en Corazón de cristal él rompe las paredes de su cámara de aislamiento inmunológico, y elige la muerte probable para tener la dicha de tocarla a ella? ¿Recuerdan?

Las películas norteamericanas me convencieron de que el verdadero amor puede con todo. Y me destrozaron la vida, porque parece no ser cierto. Ese amor parece no existir más que en la pantalla. Y yo no me resigno a que no exista, no acepto que no exista, no cedo, no dejo de buscarlo, y ven, ven, estoy muy solo. Y cuento.

Cuento “El desnudamiento” (Francisco Garzón Céspedes)

 

Esta narración me interesó bastante cuando la leí. A veces nos volvemos tan adictos a “los finales felices”, que esperamos tener una vida y amores de película, donde el ser que amamos sea capaz de dar todo por nosotros, porque esté ahí cuando más lo necesitamos, porque sea fuerte cuando seamos débiles. Eso es imposible y sufrimos por esa causa que ni a causa llega.

A mí me encantan los finales inesperados, pues cuando el final es tan previsible, no disfruto la película. Creo que así es la vida y es emocionante dejarse sorprender. No espero demasiado de los demás, pero agradezco los grandes y pequeños detalles que me ofrecen.

Dios bendiga a todas las personas que me siguen sorprendiendo cada día.

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