Los ángeles que envía Dios


Ayer fue un día bastante difícil en el plano emocional y de nuevo ingresé en el túnel tan conocido de la desilusión. Otra vez situada en un punto en el que no sabes si has avanzado o permaneces estática; si debes empezar de cero o continuar de la misma forma. En esos horribles momentos me encontraba y entonces recibí la llamada de un ángel.

¡Sí! ¡A los ángeles también les gusta hablar por teléfono!

Por el tono de mi voz, esta persona supo de inmediato que no me sentía bien y preguntó qué me pasaba. Estoy segura que en todo el mundo no existe nadie más que hubiera comprendido mi sentir. Me atrevo a nombrarle: “El hombro de Dios”, en donde es posible hablar sin temor a la censura y a la condena.

La palabra “oportuno” se aplica en este caso en toda la extensión. Me dio ánimo de seguir adelante y mejorar en mis percepciones. Sé que aún quedan muchos caminos por recorrer, sé que la vida me depara un ramillete de sorpresas.

Gracias a Dios por enviar a sus ángeles

¿Volveré a sonreír?


Cuando vi la película “Sex in the City “, no creí que hubiera un buen mensaje dentro de ésta, pero sí hubo algo que se me quedó en la mente y lo recuerdo en esas ocasiones en que me cuesta trabajo mantener la sonrisa.

La protagonista principal, Carrie, sufre una gran decepción porque su  novio se arrepiente de casarse a unos minutos de la boda. El tema no es nada nuevo, quizá se podría llamar trillado, mas ése no es el punto.

Las amigas tratan de animarla, se van juntas a la playa, bromean, hacen de todo por sacarla de su trance, pero Carrie, sumida en su depresión, sólo dice: ¿Volveré a sonreír alguna vez?

Me he preguntado eso varias veces, cuando el mundo parece una cueva sin salida, en los instantes en que las frases de ánimo te suenan vacías, momentos en los cuales no hay un motivo por el que merezca la pena luchar.

Decido renunciar a cosas o personas que me hacen daño y me duele aún más dejarlas. La tristeza me envuelve, huyo del mundo por temor a dar explicaciones y abandono el derecho a sonreír.

Ese lapso es tan doloroso que no existen palabras para explicarlo. La pregunta resuena en mi cerebro y pueden transcurrir varios días sin que haya una respuesta.

En la película, un incidente vergonzoso a Charlotte hace que todas las amigas empiecen a reír a carcajadas, incluyendo a la novia plantada. Una vez que inician, les resulta imposible parar.  Carrie dice entonces:

“Una vez me pregunté si volvería a sonreír. Nunca creí que volvería a hacerlo, mucho menos reír a carcajadas”

Un hecho simpático, una situación bochornosa, cualquier medio es válido para reintegrarnos a la vida. Cuando me es fácil brindar una sonrisa, sé que se Dios me ha concedido una nueva oportunidad de vivir.

En conclusión, no todo es tan vacío como puede parecer.

De esas visitas no quiero


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GRACIAS POR LA VISITA

Prima adorada, no sabes qué gusto me da encontrarte viva, pues por lo general nadie se salva en casos como el tuyo.  Me doy cuenta  que te cuesta trabajo mover los brazos, no deseo alarmarte, pero puede ser indicio de algún daño grave en el cerebro.

Ya sabes que cuentas conmigo para cualquier cosa, tengo dos lugares apartados en el panteón y te ofrezco uno con toda el alma. Y hablando del alma, ¿crees estar preparada para dar cuenta al creador?, mira que yo puedo llamar al Padre Morticio, experto en la materia. Mucho tiempo trabajé con él y me tocó presenciar cientos de veces el rito para ungir enfermos, en otra ocasión te cuento a detalle, aunque viendo tu semblante no sé si habrá otra ocasión.

No tienes ganas de contestar, es mejor retirarme. Sacrifico mi día para venir hasta acá, y mira que de verdad está lejos, tengo que tomar dos camiones, caminar cinco cuadras, luego subir una cuesta terrible… todo para que me ignores.

Eso me gano por andar de buena gente.

 

Existen muchas personas que disfrazan el mal de bien. Andan por la vida “haciendo caridad” y ufanándose de ello, sin reflexionar en todo el daño que causan.

El difícil arte de la organización


 ¿Que si soy desorganizada?

¡Sí! No lo puedo negar.

Este blog es un claro ejemplo de que si no nos organizamos desde el principio, luego va a ser aún más difícil poner las cosas en orden. Cuando empecé a escribir en este espacio, no creé categorías ni le hice un diseño especial. “Luego lo iré perfeccionando”, me dije. Y después de varios meses, todo sigue como al principio.

Así sucede en la vida diaria: en el hogar, en el trabajo y en nuestro propio interior. Me enfoco en el último punto: nosotros mismos, y en este caso, yo misma.

Durante mucho tiempo acumulé tristeza, frustraciones, impotencia. Me decía que tarde o temprano todo iba a cambiar, que mi recompensa estaba en camino, pero no visualizaba el modo en que llegaría tal premio. Organizar mi vida, esa era la única solución.  Qué fácil suena, ¿verdad?

Por supuesto, no es nada fácil, pues por años he desorganizado mi existencia, sin pensar en que debía ordenarla en cualquier momento. Es como cuando acumulamos en nuestra casa un montón de objetos inútiles que nunca se van a usar y los conservamos “por si acaso”. Luego se aplica la regla de: “cuando necesites algo que guardaste para cuando se ofreciera, va a ser imposible encontrarlo“.

Así guardamos actitudes, para cuando se ofrezcan. El día en que esa persona que consideraste especial regrese a pedirte perdón y tú lo desprecies, vas a hacer uso de tu orgullo. Puede ser que sientas una satisfacción al desdeñarla, pero pasa tan rápido que casi ni la gozas. Dice un poema musical de Manolo Otero:  “Por nuestro orgullo, perdimos mil cosas bellas”.

Como pueden ver, ni el tema está organizado hoy. Desde el principio no supe de qué iba a hablar. “Ya veré qué sale”, me dije. Espero que haya salido algo “ligeramente interesante”.

Y a organizarme, no hay de otra.