Un buen cuento sobre el ruido


José Alcántara Almánzar
(Santo Domingo, 1946-)

Ruidos

 

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      Vivo solo en un edificio de apartamentos. Al mudarme aquí no pensé que mi vida cambiaría tan drásticamente. Nunca, ni por un instante, imaginé los trastornos que iban a producirse en mi existencia de un modo vertiginoso e inconcebible.
      Empezaré por decir que en los primeros días lo que más echaba de menos era mi antigua placidez, el armonioso sistema de la casa que habitaba. Allí podía escuchar con agrado los insignificantes sonidos que se producían en los alrededores y en el jardín y ni hablar de esos familiares acentos de las puertas al abrirse o cerrarse, el nocturno bisbiseo de la brisa en las ventanas, el sincrónico gotear de los grifos dañados.
      Al llegar a este edificio perdí la tranquilidad. Ahora sólo oigo ruidos infernales día y noche, escandaloso movimiento de camiones y autobuses gigantescos, apresurada traslación de carros y peatones, ruidos de toda índole, mucho ruido, mucho ruido, mucho ruido…
      Traté de impedir que la bulla ocupara mi apartamento como una intrusa a la que no le importan las groserías de un inquilino corno yo, tan enemigo del alboroto y los visitantes inoportunos. Primero coloqué cortinas y biombos, después instalé un aire acondicionado y terminé taponándome los oídos para aislarme por completo de la fragorosa impertinencia de estos obstinados adversarios, pero hasta el momento todos mis esfuerzos han resultado inútiles.
      Pasaba el día en el trabajo y por eso notaba menos los estragos de mi odiosa condición. Al regresar a casa en la tarde empezaba a sufrir las consecuencias del ruido, que iba apagándose a medida que las horas transcurrían, mientras yo, afanado en prepararme la cena o fregar unos platos sucios del día anterior, intentaba ignorarlo con los tapones debidamente colocados en los oídos.
      Durante las primeras semanas pensé que podría adaptarme a la nueva situación, pues era para mí absolutamente imprescindible vivir en un lugar cercano al trabajo y el apartamento me ofrecía esa y otras comodidades, tales como tener clínica y farmacia a la vuelta de la esquina y estar a un paso de cines y restaurantes. Me equivoqué. Fui llenándome de irritación. Las jaquecas iniciaron su acción devastadora y al final de cada día terminaba postrado en la cama, sin poder conciliar el sueño, extenuado, incapaz de pensar en algo interesante. A veces el ruido se tornaba tan insoportable que me hacía creer que iba a volverme loco. Si hallaba un segundo de sosiego, muy pronto descubría el peligro de esa brevísima tregua, porque no tardaba en estremecerme la múltiple detonación de unas motocicletas que se precipitaban hacia el malecón por la avenida, activadas por un desenfreno que hoy día nadie puede controlar.
      Una tarde encontré la forma de abstraerme de los ruidos, de asordinarlos, de escucharlos apagados, como si yo me encontrase lejos y no me afectaran en lo más mínimo. Desde mi ventana observaba furtivamente a mis vecinos de enfrente —los del otro edificio—, participaba de sus actividades y así mitigaba la soledad y el agobio. Debido a mi carácter huraño jamás entablaba conversación con nadie cuando llegaba del trabajo, ni siquiera con las personas que encontraba en las escaleras del edificio en que vivo. En cambio, disfrutaba de la contemplación de esas escenas domésticas a las que fui haciéndome adicto sin darme cuenta. Algunos de los inquilinos se convirtieron en mi familia. Conocía sus movimientos, sus acciones, sus peleas, sus ratos de amor. Las ventanas de los otros están relativamente próximas a la mía; pese a ello compré unos prismáticos para espiar a mis anchas a este grupo de íntimos desconocidos que ha llegado a ser parte de mí mismo.
      La ventana de la izquierda me llevaba a la dulce vida privada de una pareja. Durante el día el piso permanecía cerrado porque ambos estaban en la oficina y no tenían empleada ni hijos. La curiosidad me apremiaba a llegar temprano a casa e inmediatamente me colocaba en un buen lugar de observación. La mujer entraba a eso de las cinco y media, se desnudaba rápidamente y empezaba a realizar los quehaceres para que su hombre encontrara limpias las habitaciones y lista la comida. Era algo gorda; joven, eso sí, y muy dinámica; no se sentaba nunca, parecía una abeja en actividad constante. Cuando llegaba su hombre, ella lo besaba y se quedaban abrazados un momento. Luego él ponía sobre una mesa el periódico que traía bajo el brazo y se tiraba en la cama, lleno de apetitos impostergables, llamando a su mujer con las manos extendidas. Ella lo miraba golosa, vacilando entre ocuparse de la olla que había dejado en la estufa y el placer que le prometía su amado y sin pensarlo mucho corría una delgada cortina y se echaba sobre su hombre. El visillo me nublaba la imagen. A prima noche y con las luces sin encender aún era muy poco lo que podía ver a través del fino velo que la mujer interponía entre ellos y yo. Me complacía el movimiento de aquellos cuerpos en íntima comunicación, aquella alegre fiesta de la carne sudorosa y tensa, adivinada más que efectivamente vista desde mi puesto de mira.
      La ventana de al lado descubría el mundo de una mujer solitaria, en cierto modo única, un tanto exótica en su apariencia física. Las paredes de su habitación estaban decoradas con dibujos insólitos, formas retorcidas y lascivas que simulaban un universo vegetal que la mujer había creado con sus propias manos. La pintora daba la impresión de estar sumergida en una espesa selva de colores y líneas en la que ella, ante un caballete, se ponía a trabajar sin descanso. A veces desaparecía de mi vista y reaparecía más tarde con un jarrito que se llevaba a los labios, entre un trazo y otro. Muy tarde en la noche apagaba la luz y el cuarto en penumbras se poblaba de vegetales móviles, que despertaban de su letargo e iniciaban una ardiente danza alrededor de la cama de esta artista angulosa, desaliñada, de pelo claro y nariz imperativa, que no cesaba de fumar cuando trabajaba en sus pinturas.
      Sí, parecía que era la única forma de evitar que los ruidos me enloquecieran. Al espiar a los vecinos del edificio de al lado, me alejaba del mundo, me introducía en el alma de los otros, como en la niebla de un sueño en el que todo es verdad y mentira al mismo tiempo. Podía incluso suponer sus acciones cuando no los veía, si habían ido al baño o salido a la esquina a comprar un periódico. Ya calculaba con bastante precisión cuándo volverían, en qué momento encenderían o apagarían la luz, a qué hora comerían. Pero también es rigurosamente cierto que a veces me descubría en la cama, todavía con la ropa puesta, como si despertara de un letargo de días. Entonces pensaba que aquellas curiosas escenas no eran más que un extraño sueño, un modo de acomodarme a la nueva realidad.
      El viejo vivía en otro de los apartamentos y todas las noches se ponía a trabajar, después que empezaban a encenderse las luces en el resto del edificio. El viejo no recibía visitas y era el más tranquilo de los inquilinos en asuntos de hábitos. Se levantaba temprano, mucho antes que yo -que ya no tenía horas fijas para espiar a la gente-, hacía su cama, se lavaba, se afeitaba, ordenaba cuidadosamente el cuarto y luego preparaba café y se sentaba en una mecedora a leer el diario. Se marchaba a las siete de la mañana cada día y no regresaba hasta las seis o siete de la noche, reflejando fatiga, preocupación, deseos de descansar. En lugar de acostarse, encendía una lámpara y sentado a la mesa empezaba a escribir con un lápiz amarillo.
      El conjunto más desagradable lo formaban un hombre, su mujer y un niño de aproximadamente tres años que ponía la casa patas arriba y llevaba a su madre al borde de la histeria. Era la única que no salía de su vivienda en todo el día, dedicándose al cuidado del inquieto hijo. Tenía que alimentarlo, bañarlo y entretenerlo. El televisor no era suficiente para completar las extenuantes pantomimas que la madre ejecutaba para divertir al niño y aliviar los efectos del encierro. En la noche llegaba el hombre, casi siempre a pelear con la mujer o entregarse a la bebida, sentado en un sillón negro en el que oía la radio, sordo a los reclamos del niño. Éste me descubrió espiándolos en una ocasión y les dijo a sus padres (no necesitaba estar allí para saber lo que decía: me bastaba ver su expresión de sorpresa, su mano señalándome insistentemente) que había un hombre del otro lado, mirándolos desde la ventana. Sentí frío, temor de que me descubrieran y llamaran a la policía. Me oculté detrás de la pared y después que pasó el peligro reaparecí cauteloso. Mis vecinos habían cerrado la ventana en señal de disgusto. Desde entonces sólo a medias tenía acceso a ese apartamento, porque el hombre colocó una tabla que me impedía observar todo lo que ocurría allí. Únicamente veía cabezas, mitades de cuadros, la antena del televisor, al niño nunca.
      Por último, podía seguir los movimientos de un hombre que vivía solo en el extremo derecho del edificio. Pasaba horas haciendo ejercicios con pesas, en un ritual parsimonioso que no alteraba nunca. Cada día a la misma hora el hombre aparecía en la ventana y comenzaba a flexionar los músculos con pesas de distintos tamaños. Su cuerpo transpiraba mucho; desde lejos parecía estar tomando un baño turco. En los días de calor yo pensaba que aquel gimnasta iba a derretirse en medio del esfuerzo.
      Hasta este momento no he dicho lo más importante de mi experiencia de mirón. Mirar se convirtió en un vicio irresistible. Cuando no estaba brechando, el ruido volvía a apoderarse del apartamento y yo regresaba a mi anterior estado de desesperación. Mi capacidad de trabajo había caído a unos niveles tan bajos que mi jefe, después de amonestarme en varias oportunidades, me comunicó que la compañía había decidido despedirme por «conveniencia del servicio». Me entregó un cheque y me dijo que podía marcharme en seguida si así lo deseaba, que me fuera a descansar. Yo recibí el papel con un gesto impasible. El dinero de la liquidación me daría para vivir un tiempo, pero yo no tenía intenciones de buscar nuevo trabajo ni abandonar mi apartamento como no fuera para proveerme de lo necesario. Mi obsesión permanente eran los otros, mis vecinos. Sentía la necesidad de penetrar más en sus vidas, compartir de cerca su intimidad, suplantarlos en sus acciones, modificar sus defectos, entablar con ellos un diálogo permanente que hiciera menos salvaje mi soledad.
      Contar la forma en que conseguí la llave maestra del edificio vecino podría resultar increíble. Pero lo cierto es que para llegar al interior de esos apartamentos sin forzar las cerraduras tenía que hacerme de esa llave a como diera lugar. El conserje resultó ser un viejo demasiado campechano y yo supe, con poco esfuerzo, ganar su amistad. Me acerqué a él con pretextos inocentes, preguntándole los nombres de mis víctimas (¿debería llamarlas así?), diciéndole que era vendedor de enciclopedias. Un día le regalé un paquete de cigarros y mostró gran alegría, porque lo había tomado en cuenta -así dijo-, le demostraba afecto, cosa muy rara en estos tiempos. Después hice lo que me dio la gana. Nos poníamos a jugar a las cartas en su habitación y bebíamos aguardiente. Su debilidad por el alcohol hizo más fácil mi trabajo. Aprovechando que dormitaba, una tarde le robé la llave y corrí a sacarle copia. Pude incluso devolvérsela sin que se percatara.
      Mis entradas y salidas ya no despertaban sospechas. Era amigo del conserje y mi trabajo no podía ser más positivo: llevar la cultura a los demás. La primera vez que entré a uno de los apartamentos lo hice con extrema precaución. Decidí visitar el de la pareja cuando se encontrara fuera. Así pude formarme una clara idea de lo que tenía: la disposición de los muebles, la intensidad del ruido y de la luz en aquel mundo íntimo que yo invadía en secreto. Otro día aproveché la ausencia de la pintora y fui a su estudio. Quedé impresionado con los dibujos de las paredes. Me senté en un sillón y pasé un buen rato mirando cómo las formas cambiaban o parecían moverse ante mis ojos. El apartamento estaba lleno de cuadros. Un olor a pintura, aguarrás y colillas enrarecía la atmósfera. En el caballete, cubierto por un paño, había un cuadro. La curiosidad me llevó hasta el centro de la habitación. Recibí un fuerte impacto al encontrar mi propio retrato esbozado en la tela. Era yo, de pie junto a la ventana, mirando fijamente hacia ninguna parte, con una expresión confusa y melancólica y los ojos extraviados, como los ojos de un ciego que no mira a ninguna parte. Sentí realmente miedo. No sabría explicar por qué, pero tenía la sensación de haber sido descubierto por la pintora desde el principio. Sin embargo, no recordaba que ella hubiese mirado hacia mi apartamento. Permanecía horas trabajando sin acercarse a la ventana. Aún así, yo era el que ella estaba pintando; yo, rodeado de ramas de árboles sombríos y ella observándome al fondo del cuadro. No pude soportar aquello por mucho tiempo. Cubrí de nuevo el cuadro, lo quité del caballete y me lo llevé a mi apartamento. Ahora tengo en mi refugio muchos objetos de mis vecinos: mi propio retrato, un reloj de pared, una pesa de hacer ejercicios, una lamparita en forma de payaso, un jarrón, banderines, una pelota de fútbol, lapiceros. Nadie ha venido a reclamar sus pertenencias. Me adueñé de cosas que no eran mías y sus propietarios no decían nada, o sea, que aceptaban mis pequeños hurtos como algo natural.
      Entraba y salía de aquellos apartamentos cuando me daba la gana, aunque no lo hacía cuando mis vecinos estaban allí, comiendo, durmiendo, haciéndose el amor, sino cuando podía actuar con entera libertad. Temía que me atraparan, me daban pánico las consecuencias de mi incontrolabíe delito. Al apartamento del niño fui pocas veces. Odio el olor a grasa y orines, que es lo único que se respira en aquel ambiente. El del gimnasta no me gustó, no había más que pesas, bicicleta estacionarias y otros artefactos deplorables, aparte de que el tipo casi me descubre una mañana en que había olvidado algo y regresó a buscarlo. Tuve que meterme en un armario y esperar a que se marchara para salir de mi escondite. Donde mejor me he sentido es en el apartamento de la pintora. Voy siempre que me lo permiten las circunstancias. Paso mucho tiempo contemplando las paredes, mirando los cuadros, escrutando lo que ella pinta. Después que robé mi retrato, ella se puso a hacer un paisaje sin figuras humanas.
      En el apartamento del viejo fui testigo de revelaciones alarmantes. Es un espacio muy ordenado donde cada cosa parece ocupar su sitio desde siempre; es como si nunca hubiese movido nada de lugar. Pasé unos minutos en la mecedora, hojeé el periódico, vi muchos diccionarios y propaganda de la que usan los vendedores de enciclopedias (así se ganaba el viejo la vida, vendiendo enciclopedias) y en la mesa encontré un cuaderno y el lápiz amarillo que usa todas las noches, sin apartar los ojos del papel. Había un escrito. No era una carta ni nada por el estilo. Tampoco le había puesto título. Leí el primer párrafo: «Vivo solo en un edificio de apartamentos. Al mudarme aquí no pensé que mi vida cambiaría tan drásticamente. Nunca, ni por un instante, imaginé los trastornos que iban a producirse en mi existencia de un modo vertiginoso e inconcebible.»
      Seguí leyendo, con avidez, atropelladamente. Cada párrafo revelaba parte de mi propia tragedia cotidiana. Se describían los ruidos, los infernales ruidos que estaban acabándome, la forma en que lograba aliviar mi suplicio, cómo me convertía en empedernido fisgón y hacía impunes robos a los vecinos. Entonces me di cuenta de que el viejo lo sabía todo, absolutamente todo. Había seguido mis pasos o inventaba una historia sobre un sujeto que no puede resistir el ruido y, desesperado, termina refugiándose en un mundo de fantasías. Pero la historia estaba inconclusa, detenida en el instante en que el mirón penetra al apartamento del viejo y se pone a revisar un manuscrito hallado en una mesa.
      Quedé apabullado, no sabía realmente qué pensar. Me levanté de la mesa y fui hasta la ventana. La tarde agonizaba y el viejo no regresaría hasta las siete. Era una tarde particularmente oscura, sin sol, con un cielo nublado que hacía más grises los grises del edificio y ensombrecía los interiores de las casas. Desde allí vi mi apartamento y no quise dar crédito a lo que mis ojos veían. Estaban todos reunidos, celebrando algo, confundidos en alegre conciliábulo. El gimnasta levantaba un vaso, brindaba, mostraba sus hinchados músculos, alzándose sobre los demás con formidable superioridad. La pareja, felicísima, brindaba también. Hasta la familia del niño se encontraba en mi casa, entregada al festejo, mientras el diablillo lo revolvía todo. La pintora, sentada cerca de la ventana, conversaba con el viejo. Ambos bebían, parecían mirarme sin sorpresa desde el otro lado.
      Corrí hasta mi apartamento. Al llegar, sin hacer ruido, introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta violentamente: Todo estaba en orden, no había nadie a quien pudiera acusar de nada. Se habían esfumado. Caí sin fuerzas sobre la cama y dormí no sé cuánto tiempo.
      A partir de aquella tarde perdí la noción de la realidad. Ahora soy incapaz de diferenciar mis sueños de mis vigilias, los actos verdaderos de las fantasías. Creo que volví un par de veces al apartamento del viejo, sólo para ver cómo progresaba la historia del fisgón. El texto no avanzaba, parecía atascado en algún punto difícil que el viejo no podía resolver. Se notaban los borrones, las correcciones hechas al manuscrito, las repeticiones.
      Desde entonces no he vuelto a salir. Mi amigo el conserje murió de una cirrosis y un hombre joven ocupó su lugar. Permanezco en mi apartamento todo el día, con la diferencia de que ya no voy a la ventana a brechar a mis vecinos. Perdido el interés en los otros, lo único que oigo son ruidos espantosos. El ruido terminará aniquilándome. Me quedo en la cama, muy quieto (no puedo levantarme porque apenas pruebo bocado), soñando o imaginando cosas imposibles. Me pregunto si el viejo habrá concluido la historia del mirón. Lo último que recuerdo haber leído en su cuaderno era una reiteración; la historia se enroscaba como una serpiente, se mordía la cola, volvía casi al principio con estas palabras:
      «Ahora sólo oigo ruidos infernales día y noche, escandaloso movimiento de camiones y autobuses gigantescos, apresurada traslación de carros y peatones, ruidos de toda índole, mucho ruido, mucho ruido, mucho ruido…»

Literatura .us

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El eterno problema de los estacionamientos


En el edificio donde trabajo, compartimos estacionamiento con una aseguradora y a pesar de que los lugares están marcados para cada empresa, los problemas siempre surgen. Este fenómeno se da en varios lugares, desde nuestro hogar hasta las plazas comerciales, donde siempre hay una palabra que brilla por su ausencia: “Respeto”.

Hoy, cuando salí  a comer un poco antes de las 13:00 horas, había un automóvil atrás del mío, obstaculizándome el paso; además tapaba otros dos lugares. En ese momento se fue la camioneta que estaba enseguida (aunque tuvo que maniobrar un poco) y luego hice lo propio para irme.

Al regreso, casi dos horas después, el auto permanecía en el mismo lugar. Pregunté de quién era, pero nadie supo darme respuesta. Siguió ocupando tres lugares hasta las cuatro de la tarde, pues supongo que a esa hora sale esta “dama”. Luego supe que pertenecía a la gerente de los seguros, la cual se molesta a menudo porque invaden sus lugares.

No me explico su proceder, si a gritos exige respeto. Todo es una cadena de inconformidades que no conduce a nada. Repito que ese problema es tan común; a veces causa hasta riñas e incluso muertes.

Y así seguiremos.

Basta de Reality Shows


Hace unos días, anunciaron con bombo y platillo el décimo aniversario del primer Reality Show en México: “Big Brother” (no sé por qué el título en inglés, si nuestro idioma es el español). Creí que programas tan nefastos eran asunto olvidado y otra vez me equivoqué, como dice una vieja canción. Por más que me exprimo el cerebro, no me explico qué le ven de entretenido a un grupo de holgazanes encerrados, sin más oficio que estar diciendo groserías. 

Debo confesar que empecé a ver la primera emisión en ese tiempo, movida por la curiosidad. En cinco minutos mi mente se congestionó del florido lenguaje de esas personas y por supuesto le apagué. Al día siguiente, el noticiero matutino con los ‘interesantes’ temas: “que si la fulana aquella había enseñado los calzones, que si otro tipo se bañaba sin ropa, etc.” Por la tarde había un programa de espectáculos y, ¿adivinen de qué hablaba?

¡Hasta en el futbol se metían!

Infinidad de realitys surgieron después y sí, triunfaron gracias al morbo de la gente. Es increíble que se haya invertido tanto tiempo en espiar a otros, pudiendo hacer muchas cosas. Supe de personas que duraban horas y horas frene a la televisión, esperando a que a sucediera “algo” interesante. Me pregunto qué pensarán después de diez años. ¿No era mejor salir a cenar con los amigos, ir al cine, caminar en el el parque, leer un buen libro?

Lo que me da más risa o coraje, es que haya un ganador. ¡Ganador de qué! ¿De enseñar hasta el apellido, de tener más repertorio de tonterías, de meterse con todo el mundo en la cama?

Discúlpenme, pero sigo sin entender esa clase de “entretenimiento”

Y espérense, ya preparan el “Reality” de cierto cantante grupero… ¡Dios mío!

Yo no me operaría


Esta semana vi un programa sobre las cirugías estéticas extremas y me impactaron todos los casos. Es increíble que en hoy en día sea tan común querer modificar nuestras facciones y formas que la naturaleza nos dio. Me puse a pensar en la enorme cantidad de personas enfermas que hay en el mundo. Por supuesto que es grave someterse a terribles dolores, molestias y riesgos con el único fin de aceptarse a sí mismos; más grave aún el hecho de que ninguna operación sérá suficiente para lograrlo. 

El primero era sobre una mujer que se operó el busto en demasiadas ocasiones, tantas que hasta debió perder la cuenta. También se modificó los labios y no sé qué otras partes del cuerpo. Las prótesis del busto se le infectaron y se negaba a quitárselas. “Sin mi busto no soy nada”, decía con tristeza  después de la operación, a pesar de que estuvo al borde de la muerte. Sólo pensaba en el momento de volver a ponerse implantes.  El médico dijo: Ella no necesita un cirujano. Necesita un psiquiatra”

Otro era el caso de una joven de 21 años, quien se sometió a un “estiramiento” de piernas para aumentar 2.5 cm. de estatura. Le fracturaron las piernas y le pusieron unos horrorosos mecanismos que la tendrían sin caminar por cuatro meses. Ella estaba feliz, pues  luciría unas piernas largas, como las de una modelo. El tiempo que pasó sin disfrutar un paseo, sin poder levantarse de la cama, nunca lo va a recuperar. 

Varias historias le siguieron, como el joven que se operó el rostro para empezar a transformarse en mujer. También resurge el caso de la modelo de Francia que no pudo sobrevivir a la anorexia.

Todas estas personas tan distintas, tienen algo en común: No se aman a sí mismas. Por lo tanto, hagan lo que hagan, el resultado siempre será igual.

 

Efecto Frankenstein


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La mayoría de nosotros sabemos algo sobre Frankenstein, sin embargo, casi todos tenemos una idea equivocada de la historia. Cuando llegó a mis manos el libro de Mary Shelley, “Frankenstein o el Moderno Prometeo“, no me emocioné, pues el tema es bastante “conocido” y creí que leería alguna historietilla sin trascendencia. Grande fue mi sorpresa al irme interesando más y más, conforme avanzaba en la lectura. Me di cuenta de un gran error en mi conocimiento, pues Frankenstein no es el monstruo, sino el creador. La criatura no tiene ni siquiera un nombre, no puede integrarse al mundo, pero desarrolla sentimientos y sufre por no ser aceptado. También quiere conocer el amor, tener una compañera que se le asemeje y al mismo tiempo rechaza la idea de tener descendencia que padecería el repudio de la gente.

Cuando se da por vencido en que lo acepten, empieza a sembrar el terror.

Este poema lo hice hace más de dos años. Me sentí identificada de alguna forma con ese personaje ficticio y a la vez tan real. ¿Quién no se ha sentido una creación del Doctor Frankenstein en algún momento de su vida?

 

EFECTO FRANKENSTEIN

(Velia Gallegos)

 

Me negaron el derecho

de conocer el amor,

por lo cual es imposible

que nazca en mí la conciencia.

 

El creador de esta criatura

inocente y destructora

pagará el atrevimiento

de jugar a ser un dios.

 

No soy parte de este mundo.

Mi aspecto les aterra,

mi voz les asusta,

ser normal nunca podré.

 

Con la intención de integrarme

en sociedades humanas

que jamás me aceptarían,

cometí grandes errores

que a la postre ocasionaron

los desastres más horrendos.

 

Hoy comienza la venganza

contra mi propio origen.

Mil sufrimientos le esperan

a quien osó crearme

sin pensar en nada más

que en su infinita soberbia.

 

El amor no es para mí,

estoy destinado al exilio,

a causar sólo dolor.

Acabaré con mi vida

no sin antes cerciorarme

de haber borrado la estirpe

condenada por su causa.

 

Me negaron el amor,

en el odio me revisto,

el falso dios sufrirá

mil horrores indecibles,

pero nada se asemeja

a mi inaudito calvario.

 

Las cosas que no entendemos


Hay hechos o situaciones de la vida difíciles de comprender. Nos cuesta aceptar el sufrimiento, las enfermedades, la propia muerte, y más cuando se trata de una persona que apenas está empezando a vivir. Ayer me invadió un sentimiento de impotencia al enterarme de la muerte de un pequeño ser con menos de dos meses de edad. Creo que todos los amigos cercanos a su madre nos sentimos igual, sin saber qué hacer o qué decir para aminorar ese dolor tan grande. Enmudecemos o expresamos las clásicas palabras que usa todo el mundo, pues nada podría sanar una herida de esa magnitud.

Lo bueno es que ella es una persona espiritual  y, a pesar de su inimaginable pena, sé que esta experiencia hará de ella una persona más fuerte y le espera una gran recompensa. Todos sus desvelos, el dolor constante por su bebé, los segundos interminables de angustia, tanto padecimiento; nada de eso fue en vano.

Cuesta entenderlo, como humanos que somos. Sólo Dios tiene la respuesta.

 

A propósito del Día de la Mujer


Hace unas semanas vi en la televisión local una noticia sobre una mujer indígena oaxaqueña llamada Francisca, la cual llegó a Ciudad Juárez  con sus siete hijos, cuyas edades oscilaban entre once meses y trece años. Por supuesto la señora no tenía un lugar para vivir, además era analfabeta. Alguien tuvo la gentileza de prestarles un cuarto, pero al salir a buscar trabajo dejó solos a dos de sus niños y  otro tipo de “alguien” llamó al DIF para acusarla de abandono de menores. 

La televisora se enteró del caso y unos reporteros les llevaron ropa y zapatos, pues el menor de ellos estaba enredado sólo en una chamarra y los demás sólo con pantalones cortos y playeras de verano (y estábamos todavía en el mes de enero).

Cuando vi ese reportaje, los chiquillos me partieron el alma, sobre todo los dos bebés. Esas caritas sonrientes a pesar de las circunstancias, me causaron ternura y a la vez una impotencia terrible. Dócilmente se dejaron vestir por las personas desconocidas, quienes se mostraron muy cariñosos con ellos. En la nota dijeron que seguirían juntando víveres para esta familia, además de pedir apoyo al gobierno.

Ese día estuve analizando la situación. Me preguntaba qué le había pasado a esa familia para que emigrara desde el sur hasta el norte de esa forma. Quizá Francisca huyera de algo, tal vez de un marido opresor, pues de sobra es sabido que en Oaxaca aún hay una marcada marginación hacia la mujer, incluso aún existe la venta de niñas. Miles de ideas surgieron en ese entonces, hasta busqué el caso en internet, mas no pude encontrar nada al respecto.

Hoy en la mañana, al abrir un periódico digital, me topé de nuevo con esta historia y me enteré de más detalles, como el hecho de que la señora perdió al marido y  todo su patrimonio cuando se incendió su jacal. Ante la imposiblidad de obtener un empleo, ella y sus hijos tomaron un camión que (se supone) los llevaría a los campos de pizca en Baja California, pero al llegar a Juárez se tuvieron que bajar, pues el chofer dijo que hasta ahí llegaba. Desde ahí empezó su batalla, no sólo por sobrevivir, sino que poco después para recuperar los hijos que le recogió el DIF.

Hoy en día el asunto está en manos del Ichmujer, dándole recursos para sobrevivivir e incluso para que inicie un negocio de comida o artesanías. También recuperó a sus niños.

Parece un final feliz, pero todavía hay más tela de dónde cortar. Me dio mucha tristeza ver los comentarios de la gente al pie de la nota, donde la mayoría eran mujeres. cito algunas expresiones extremadamente condenatorias e indignantes:

“Si tanta necesidad tiene, ¿por qué trae tantos chamacos al mundo?”

“Que cierre las piernas, la muy…”

“¿Y no quiere una suite pagada por nuestros impuestos?”

“¿Y por qué vamos a estar manteniendo a una… con siete escuincles, que en un futuro serán malandros, drogadictos, asesinos, etc.? Además, cada uno de ellos tendrá por los menos dos hijos y serán catorce mantenidos más”

Puedo citar más opiniones aberrantes, sin embargo no creo que valga la pena hacerlo. El punto es que somos tan ligeros para juzgar vidas ajenas, condenamos con el impulso de nuestras propias frustraciones y el hecho de que las propias mujeres nos expresemos de esa forma es como una forma de autoatacarnos.

Quien vive informado, sabe de lo difícil que es esa clase de vida, donde el machismo persiste en el ambiente que vivió Francisca y si no sabe leer ni escribir, ¿cómo pueden considerar que tengan control sobre los embarazos? Además, la señora no andaba con varios hombres, tenía marido, quien era el sustento de la casa. No se puso a pedir limosna, sino a buscar trabajo. Si las circunstancias la llevaron a esa situación, no es justo que nos expresemos mal de ella. Y tampoco tendríamos derecho a juzgarla aunque hubiera sido prostituta.

Hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, me pareció prudente hablar de la discriminación que lamentablemente no se ha podido erradicar. Respetémonos y hay que seguir luchando por la igualdad en derechos, mas no por la igualdad malentendida por parecernos a los hombres.

Felicidades a todas y cada una de las mujeres. Conservemos la belleza de nuestra propia originalidad.