Homilía del domingo


El domingo pasado me encantó la  homilía en misa de las seis de la tarde. A pesar de que fui con mi inquieta bebé de casi un año de edad, pude comprender el mensaje a la perfección. No conozco el nombre del sacerdote, a quien considero como un gran orador. En ningún momento estuve aburrida, cada palabra me causaba interés. Usó mucho el razonamiento y la psicología para expresarse correctamente.

El tema fue sobre “el amor”, se pudiera pensar que es algo bastante trillado, mas no lo es, siempre y cuando se contribuya con algo importante para entenderlo. Puso un extraordinario ejemplo, el cual se me grabó y deseo compartirlo.

El sacerdote compara este sentimiento con la devoción y apego incondicional de un niño hacia sus padres. Desde el nacimiento, los progenitores son lo máximo, quiere ser como ellos, pues los considera perfectos y son un modelo a seguir. Esa etapa se podría considerar como “enamoramiento”.

Luego, cuando la infancia termina, el adolescente se da cuenta que esos maravillosos modelos tienen defectos. ¡Sí! defectos terribles que él nunca consideró pudieran tener. Se tornan rebeldes, se decepcionados de todo y de todos. El gran amor se desmorona.

Comparándolo con el amor de pareja, es algo muy parecido. La etapa de enamoramiento es como nuestra infancia, donde todo es hermoso en quien amamos. La admiración es constante, su mundo es magnífico, estamos pendientes de cómo se arregla, de sus planes, de su vida en general. Al igual que los niños, hasta se nos “pegan” algunas costumbres o dichos de esa persona especial. Escuchamos las canciones que les agradan con más atención que antes. La tierra gira en torno a ese astro que ha iluminado nuestra vida.

De pronto crecemos y las estrellas se apagan. Los defectos empiezan a surgir, uno tras otro. Aquello que nos hacía reír, ahora nos produce fastidio, como un viejo perro con los mismos trucos. Ese es el punto donde nos damos cuenta si es amor verdadero. No sólo se aman las virtudes, sino los defectos, se ama el “todo” de un ser. Si no es un sentimiento real, el deslumbramiento se extingue, a veces no queda nada, sólo decepción. Y de verdad duele.

Imposible evitar el dolor, a menos que se renuncie a sentir. La infancia se disfruta al máximo, las ilusiones son un regalo divino. Hay que prepararnos para  la siguiente etapa, en donde se aprueba o reprueba el examen más difícil: “El amor”.

 

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